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domingo, 29 de septiembre de 2013

Confirmado: menos cáncer, con mejores hábitos

Especialmente durante el último siglo el cáncer se ha convertido en el gran azote de la humanidad y se cobra anualmente la vida de millones de personas. Un reciente estudio presentado en el Congreso Europeo del Cáncer de Ámsterdam y publicado en la revista científica “Annals of Oncology”, refleja que la riqueza y el mayor gasto sanitario de un país están asociados tanto con una mayor incidencia del cáncer como con una menor mortalidad por esta enfermedad. Es decir, que cuanto más dinero se destina a la salud, menor es el número de muertes tras el diagnóstico de un cáncer. 
Según esta noticia podríamos llegar erróneamente a una conclusión: que la lucha contra el cáncer depende fundamentalmente de la inversión en la atención médica y los servicios asistenciales. Pero no debemos olvidar que existen más estrategias para enfrentarse a esta enfermedad y promover la salud (como ya conté en otra entrada de mi blog sobre el “Informe Lalonde”). 
No cabe duda de que en los países que más invierten en salud, la existencia de un mayor número de programas de cribado, que permiten detectar más casos de cáncer en fase tempranas (más abordables terapéuticamente) está consiguiendo excelentes resultados. La correlación entre mayor inversión y menor mortalidad también respondería a la mayor disponibilidad de tratamientos eficaces en estos países. Pero no hay que olvidar que cerca del 5% de los tumores malignos dependen del factor hereditario de la persona y más del 10% del medio ambiente o del entorno laboral en el que nos movamos.
¿A quién se le achacan el 85% de los cánceres? ¿Lo adivinas? Efectivamente: a los hábitos de vida, mejor dicho, a los malos hábitos de vida: el tabaco, el alcohol, el sobrepeso, las radiaciones solares, la mala alimentación, el sedentarismo o los ritmos de vida, entre otros, van alterando lentamente nuestro organismo para acabar produciendo en él los cambios que el cáncer necesita para desarrollarse.
Hay estudios médicos que estiman que tan sólo con mejorar dichos hábitos personales y el estilo de vida la incidencia del cáncer se reduciría en cerca de un 40% (algo que no deja de ser una estimación ya que el itinerario biográfico de cada tumor sigue siendo un misterio en la mayoría de los casos).
Una vez más la estrategia individual en la lucha contra el cáncer pasa por adoptar hábitos saludables y erradicar algunas malas costumbres. Gestos tan sencillos como incluir en la dieta cinco raciones diarias de verduras y frutas que nos aporten vitaminas y antioxidantes podrían ser la mejor decisión para empezar el cambio. Algo que mejoraríamos si consiguiéramos reducir el consumo de carnes rojas y procesadas como los embutidos, los alimentos ahumados o excesivamente salados.
Pero además de mejorar lo que comemos sería imprescindible abandonar el consumo de tabaco, moderar la ingesta de alcohol y pensar en sustituir el ascensor por las escaleras y sacar 30 minutos diarios para ejercitar nuestro cuerpo.
Ni aun siguiendo a rajatabla cada uno de estos consejos podremos librarnos completamente de la amenaza del cáncer, pero lo que sí podemos asegurar con total seguridad es que el peligro de padecerlo aumentará considerablemente si además de bebedor, también fumas… Y si además eres obeso… ¡espabila!

Actitud ante una crisis

Nuestra vida normalmente se compone de momentos buenos y momentos malos, a los que desacertadamente solemos llamar “crisis”. Esta temida palabra se define en nuestro idioma como el “cambio importante en el desarrollo de un proceso que da lugar a una inestabilidad” (qué miedo da, ¿no?). Sin embargo, en términos médicos la crisis se define como “el momento crítico en el que una enfermedad empeora o mejora”. Es decir, se trata de un punto en el que puede llegar a producirse la inflexión de un proceso, por lo que, sabiendo actuar a tiempo, la tan temida crisis puede convertirse en una oportunidad de sanación. 


La crisis económica nos agobia, igual que la crisis de los 30, la crisis de los 40, la crisis de los 50, la del nido vacío, la perimenopáusica, la crisis de identidad, la de pareja… elige la que quieras porque en realidad todas son “sota, caballo y rey”. Si estás sufriendo cualquiera de ellas piensa primero que no eres ni el primero ni el único que la sufre (digan lo que digan, aquello de “mal de muchos consuelo de tontos” a veces ayuda a sentirse mejor), pero una vez pasados los lamentos debes empezar a pensar en cómo aprovechar la situación y salir reforzado de ella. Para llegar a la crisis has debido recorrer un largo camino en el que quizás habrás tomado malas decisiones. ¿Reconoces los problemas? ¿Estás dispuesto a hacer algo para cambiar? ¿Qué propones? ¿Hay algo que siempre quisiste hacer? (quizá este sea el momento). 

En definitiva, lo que una persona en crisis debe hacer es reflexionar de una manera crítica pero sin buscar culpables contra los que desahogarse (eso no soluciona nada) y mantener una actitud positiva y constructiva ante los acontecimientos.
No es fácil, recuerda que te encuentras librando una batalla, pero el arma más potente que debes manejar es la "fuerza de voluntad". Ahí está la clave para cambiar un hábito, conseguir un objetivo o superar una etapa de crisis.
Próximamente dedicaré una entrada a este punto.