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lunes, 30 de septiembre de 2013

Educación para la Salud: tan asequible como ignorada

Para empezar, una reflexión: ¿Cómo es posible que un aficionado a la mecánica no conozca sus propias bisagras (=articulaciones)? ¿En qué cabeza cabe que un amante del bricolaje no sepa cómo funciona su propia fontanería (=arterias y venas) y su sistema eléctrico corporal (=sistema nervioso)? ¿Puede existir alguien aficionado a la naturaleza que no sepa cómo mejorar el cultivo del propio cuerpo (=hábitos saludables)? ¿Sería razonable que supiéramos mucho de todo lo que nos rodea pero que desconociéramos lo más básico del organismo que somos?

Hay muchas razones por la que desconocemos lo más íntimo de nuestro ser. Frecuentemente pensamos que la adquisición de estos conocimientos no nos corresponde, sino que pertenecen a un estamento profesional que tras años de mucho esfuerzo y estudio sabe todo cuanto acontece en nuestras células. Es cierto que el conocimiento exhaustivo de la Anatomía y la Fisiología humana es complejo y enrevesado. Es por ello que las ciencias sanitarias se dividen en especialidades, cada una con un contenido delimitado pero a la vez extenso.

La gente no necesita adquirir todo ese conocimiento, igual que un padre no pretende aprender todas las técnicas y secretos de la alta cocina para preparar la comida diaria de sus hijos. Pero seguro que nos resultaría penoso enterarnos de que ese padre lleva a su prole diariamente a comer a un restaurante por no saber cocinar unos macarrones, unos huevos fritos o unas lentejas. Del mismo modo, no conocemos cada engranaje de la mecánica de nuestro vehículo, pero sí sabemos cambiarle una rueda a nuestro coche o controlar el nivel de aceite y la presión de los neumáticos.

Sin embargo, es asombroso el alto nivel de desconocimiento que tenemos sobre los componentes y el funcionamiento de nuestro propio cuerpo, por lo que no es de extrañar el exagerado porcentaje de cuestiones no urgentes que se atienden en Urgencias a diario, o los altos niveles de desesperación que alcanzan muchas personas ante problemas corporales que les angustian. Algo verdaderamente lamentable, teniendo en cuenta que muchos de esos problemas tendrían una fácil solución si conociéramos cómo funciona el mecanismo que los provoca. 

El cuerpo humano es un intrincada y compleja máquina que, lejos de ser perfecta (como a muchos les gusta decir), se compone de fontanería, mecánica, electricidad, química y mucho, mucho sentido común. A pesar de tanta complejidad, lo básico (todo aquello que no es “alta cocina”) puede ser entendido, asimilado y recordado por cualquiera que tenga un mínimo de interés. ¿Por qué entonces, si es tan asequible, llega a ser tan alto el nivel de ignorancia entre la población general? La respuesta más inmediata es que somos comodones y preferimos que cualquier pequeño problema sea revisado por un médico que nos lo daría todo hecho. Consideramos erróneamente a nuestro cuerpo como una materia complicada de aprender, tal vez porque encontramos en la terminología y los textos relacionados con el cuerpo humano o la medicina un lenguaje espeso, de difícil comprensión que puede haber desanimado a más de uno para profundizar en un tema interesante de veras. Estos palabros son la jerga médica, la nomenclatura anatómica, el lenguaje científico que debe ser utilizado por los profesionales para intentar definir con precisión los contenidos del vasto conocimiento relacionado con nuestro cuerpo. Es un lenguaje desconocido para la población normal y en su mayor parte se compone de palabras de origen griego o latino y pueden llegar a asustar al profano. Hay quien dice que fueron los propios médicos los que inventaron tales palabrejas para alejar a los curiosos de un terreno que hasta ahora no deja de ser su coto privado.

Pero igual que nadie dejaría de aprender a cocinar el menú del día de sus hijos porque se asustara leyendo la enciclopedia de la cocina deconstructiva de Ferrán Adriá, no deberíamos abandonar el conocimiento de nuestro organismo porque nos hayamos asustado con el lenguaje usado en un informe médico o en un libro de anatomía. Por ello la Educación para la Salud debería ser una asignatura obligatoria en los colegios y tema habitual en las programaciones televisivas, para que todo el mundo pueda descubrir el cuerpo humano y lo que le afecta, con un lenguaje cercano y ameno.

domingo, 29 de septiembre de 2013

(2) Estrés laboral, depresión, crisis y sus riesgos para la salud.

De momento no se sabe con certeza si los estresados nacen o se hacen, aunque parece que existe una cierta base genética que provoca que algunos individuos sean más vulnerables a padecerlo que otros. Como ocurre casi siempre, la manera de afrontar el estrés depende de la personalidad de cada uno. Hay personas que toleran mejor las situaciones de presión, porque disponen de mejores recursos psicológicos para afrontarlas, pero también existen seres humanos maestros en el arte de amargar(se) y complicarse la vida. 

Los expertos aseguran que cuando las empresas prescinden de personal, aquéllos que salen corren un riesgo elevado de generar estrés y ansiedad, afectando seriamente a su salud física, no sólo por perder su fuente de ingresos, sino también por ver afectada su autoestima y reducidas sus redes sociales. Sin embargo, cuando la presión en el trabajo llega a ser extrema, son muchos los que llegan a sentir alivio al ser despedidos y quitarse por fin esa carga de encima. Por el contrario, para los que se quedan, pese a haber conservado su puesto, el lugar de trabajo puede convertirse en territorio hostil ya que ven intensificado su trabajo al tener que cubrir los puestos de los que han sido despedidos y a su vez incrementado el estado de miedo y la incertidumbre ante la posibilidad de ser ellos lo que puedan quedarse en paro en un futuro inminente

La manera más rápida de solucionar el problema sería acabar con los factores estresantes pero la mayoría de ellos (el paro, la hipoteca...) no pueden eliminarse. Una vez más, la solución en la que más podremos incidir a nivel individual sería la promoción de unos buenos hábitos saludables. Gran parte de las nefastas consecuencias de los niveles de estrés mantenidos podrían aliviarse con un régimen de vida concreto, dieta sana, ejercicio físico, buena gestión del tiempo libre y también ayudados con diversas terapias (desde la psicológica hasta el yoga, pasando por desconectar el móvil a algunas horas o escuchar una buena música). 

Cada vez más, entre los profesionales de la salud, se extiende la opinión de que la medicación no cura, aunque nadie duda de que pueda ser útil en los casos graves pero el manejo fundamental de la situación debe ser principalmente psicológico. El problema es que el abanico de posibles terapias cognitivo-conductuales es tan amplio que, a veces, lo difícil es seleccionar la terapia adecuada para cada paciente.

En la última década se ha pasado de considerar al estrés como un problema individual de personas débiles que no conseguían lidiar con los problemas laborales, a entender que se trata de un problema colectivo en el que influyen de manera determinante las condiciones objetivas del trabajo. Demandas excesivas, déficit de comunicación, falta de claridad de roles, labores monótonas, horarios poco razonables... son responsables del desgaste psicológico que puede derivar en patologías o en el famoso síndrome del trabajador quemado. 

Cada vez son más las empresas que se han dado cuenta de que controlando ciertos factores de una manera relativamente sencilla y muy barata, funcionarán mejor económicamente y mejorarán también en calidad y condiciones del trabajo. Sin embargo tan sólo el 26% de las empresas de la UE aplica procedimientos para combatir el estrés. 

Es por ello que la mayoría de los profesionales de la salud opinamos que, pese a la crisis, las empresas necesitarían invertir en prevención de riesgos laborales porque es la mejor respuesta para mejorar la competitividad, la productividad, la sostenibilidad y el crecimiento económico.

(1) Estrés laboral, depresión, crisis y sus riesgos para la salud.

La situación de crisis económica ha elevado la incidencia de los riesgos laborales relacionados con el estrés y la depresión. Se estima que más de la mitad de las bajas laborales son debidas a estas causas. Según la Agencia Europea para la Seguridad y Salud en el Trabajo se espera que el estrés laboral aumente en los próximos cinco años. 
Las expectativas económicas de cada país influyen de manera contundente en los resultados. Mientras que el 70% de los españoles cree que el estrés laboral aumentará en los próximos años, en Noruega con una economía menos castigada que tan sólo un 16% es de la misma opinión. Pero a los españoles nos superan los griegos, con un 83% de pesimistas.

Desde el 2009 se han disparado las consultas de salud mental en un 30% y se ha producido un incremento de un 8% en las recetas de antidepresivos. La enfermedad mental aparece, además de por motivos genéticos, cuando se detecta un factor desencadenante ambiental importante, como la pérdida del empleo, la incertidumbre, la amenaza laboral o incluso la pérdida del estatus social.

Aunque el estrés no es algo malo en sí mismo (algo que trataré más adelante en otra entrada), si pasamos largo tiempo con un trabajo excesivo sin obtener resultados satisfactorios, los elementos de alerta naturales que genera el estrés se cronifican, y sitúan a nuestro organismo en una situación muy problemática que afecta a nuestra salud. Se producen una serie de trastornos adaptativos, entre los que se encuentran la angustia, la depresión o la ansiedad, que en ocasiones llegan a descompensar a la persona pudiendo desencadenar una enfermedad mental hasta ahora latente o provocar brotes en aquellos que ya padecían psicosis o esquizofrenia. Ante situaciones de desmoralización, acoso laboral o inseguridad también es frecuente que puedan aparecer más casos de drogodependencia o que se induzcan nuevas adicciones.

El estrés laboral tiene un coste económico elevadísimo y es responsable del repunte de las enfermedades no mentales pero relacionadas con el estrés como la hipertensión, la obesidad, las cefaleas, los dolores musculares, las palpitaciones, la irritabilidad, el abuso de sustancias, el insomnio, los trastornos digestivos, los resfriados continuos, los herpes, las aftas bucales, las alteraciones de la piel, la caída del cabello, las úlceras, las cardiopatías, etc., todo ello efecto secundario de ese estrés crónico.

Actitud ante una crisis

Nuestra vida normalmente se compone de momentos buenos y momentos malos, a los que desacertadamente solemos llamar “crisis”. Esta temida palabra se define en nuestro idioma como el “cambio importante en el desarrollo de un proceso que da lugar a una inestabilidad” (qué miedo da, ¿no?). Sin embargo, en términos médicos la crisis se define como “el momento crítico en el que una enfermedad empeora o mejora”. Es decir, se trata de un punto en el que puede llegar a producirse la inflexión de un proceso, por lo que, sabiendo actuar a tiempo, la tan temida crisis puede convertirse en una oportunidad de sanación. 


La crisis económica nos agobia, igual que la crisis de los 30, la crisis de los 40, la crisis de los 50, la del nido vacío, la perimenopáusica, la crisis de identidad, la de pareja… elige la que quieras porque en realidad todas son “sota, caballo y rey”. Si estás sufriendo cualquiera de ellas piensa primero que no eres ni el primero ni el único que la sufre (digan lo que digan, aquello de “mal de muchos consuelo de tontos” a veces ayuda a sentirse mejor), pero una vez pasados los lamentos debes empezar a pensar en cómo aprovechar la situación y salir reforzado de ella. Para llegar a la crisis has debido recorrer un largo camino en el que quizás habrás tomado malas decisiones. ¿Reconoces los problemas? ¿Estás dispuesto a hacer algo para cambiar? ¿Qué propones? ¿Hay algo que siempre quisiste hacer? (quizá este sea el momento). 

En definitiva, lo que una persona en crisis debe hacer es reflexionar de una manera crítica pero sin buscar culpables contra los que desahogarse (eso no soluciona nada) y mantener una actitud positiva y constructiva ante los acontecimientos.
No es fácil, recuerda que te encuentras librando una batalla, pero el arma más potente que debes manejar es la "fuerza de voluntad". Ahí está la clave para cambiar un hábito, conseguir un objetivo o superar una etapa de crisis.
Próximamente dedicaré una entrada a este punto. 

sábado, 28 de septiembre de 2013

¿Qué cosas influyen en nuestra salud?

Podríamos pensar que son muchísimos los factores que influyen en la salud de una persona, pero en realidad esa larga lista se reduce a los cuatro que ya fueron recogidos en 1974 por Marc Lalonde, un abogado que fue Ministro de Salud en Canadá.
En su famoso “Informe Lalonde” se especificaba que si queremos mejorar la salud de la población, los Gobiernos deberían mirar más allá del sistema de salud tradicional (basado en el cuidado de los enfermos), ya que gran parte de los factores determinantes no dependían de ese sistema.

Los cuatro elementos que influyen en nuestra salud son el estilo de vida, la biología humana (factores genéticos), el medio ambiente (nuestro entorno) y la atención médica (los servicios asistenciales). Es evidente que tan sólo el primero de los cuatro depende íntegramente de la voluntad de cada uno de nosotros. Individualmente no tenemos capacidad real para mejorar la atención médica de nuestro país, ni conseguiremos grandes cambios medioambientales a corto o medio plazo por más que despertemos nuestra conciencia verde. Y por supuesto, aún no disponemos de ninguna varita mágica que nos salve de una carga genética achacosa. En estos tres últimos factores la pelota para mejorar nuestra salud está en el tejado de los sanitarios, de los políticos, o del propio azar.

En muchas ocasiones, cuando le he explicado esto a algún paciente o amigo para concienciarle de lo que puede hacer para mejorar su salud, me he encontrado con que suelen echar balones fuera. En cuanto podemos culpamos de nuestros males a cualquier factor menos al único que depende de nosotros mismos. Es muy fácil decir que uno está gordo porque todos en su familia lo son, o que se tienen mal los pulmones por el aire de los tubos de escape, o que lo que le pasa es por culpa del médico que no le quiso hacer una resonancia magnética hace 2 años…¡Muchísimo más fácil que reconocer nuestra afición a la bollería, nuestra adicción al tabaco o nuestro sedentarismo más absoluto! Mucha gente, cuando quiere recobrar su salud, exige más pruebas médicas, o busca la solución en alguna píldora milagrosa o promesa imposible ofrecida por algún “matasanos”. Desde luego, y siguiendo con los ejemplos anteriores, ese camino sería infinitamente más cómodo que tener que controlar nuestra dieta, dejar de fumar o empezar a hacer ejercicio físico, por ejemplo.

Un médico que recomienda un cambio en el estilo de vida de sus pacientes como medida principal se expone a ser criticado duramente, y no es raro oír quejas de personas saliendo de la consulta de su médico, basadas en que no les ha recetado nada, ni les ha mandado hacerse más pruebas… 
Es obvio que la promoción de unos hábitos de vida saludables no es garantía de una salud plena, pero deberíamos concienciarnos de que gran parte del tiempo que logremos robarle al sufrimiento y a la muerte, lo conseguiremos con esta sabia decisión.

Las "Urgencias" que no son urgentes y la "Educación para la salud"

Por pura comodidad o dejadez somos capaces de delegar en otras personas actos simples para cuidar o mejorar nuestro propio estado de salud. De manera consciente o inconsciente evadimos nuestras obligaciones y minimizamos nuestras habilidades, dejando que sean únicamente los profesionales los que miren por ella. En muchos casos nos hemos vuelto vagos y confiados.

Cardiograma Corazón
Un electrocardiograma (ECG)
Es lógico que si sufrimos una pérdida de conciencia, un corte, una fractura o un cólico acudamos a un hospital para que nos diagnostiquen y traten, pero los datos estadísticos revelan que tan sólo el 25% de los pacientes que acuden a los servicios de Urgencias de los hospitales responden al concepto de urgencia y que de este porcentaje aproximadamente el 11% requiere hospitalización. De estos datos se deduce que más del 70% de las consultas realizadas en este servicio son catalogadas como “inadecuadas" o “consultas banales” que deberían haberse atendido bajo cita en un centro de salud, o sencillamente no deberían haber asustado al paciente porque son tan leves que curan solas o se alivian con remedios sencillos.

La gente acude alarmada incluso por un grano, por una simple faringitis o cefaleas que apenas llevan sufriendo un par de horas. Hay personas que llegan alteradas por haberse detectado bultos “raros” que son perfectamente normales en la anatomía humana, por dolores de barriga después de un atracón, o por sentirse doloridos tras haber empezado a hacer deporte después de años de sedentarismo. Son muy frecuentes los mareos por bajadas de tensión, las quemaduras solares o los casos de ataques de ansiedad por situaciones estresantes, que muchos confunden con infartos al corazón. En este grupo de “urgencias no urgentes” es frecuente encontrarse con los que le echan morro y acuden porque dicen que no les dan cita en el centro de salud, o los que exageran los síntomas que llevan días sufriendo para agilizar la cita con el especialista... y muchos que vienen con su autodiagnóstico, exigiendo pruebas como una resonancia o incluso una intervención estética (fue sonado el caso de una chica que llegó solicitando un implante de mamas). En fin… de todo hay.

En este tiempo de crisis económica, con tantos recortes sanitarios, hay que tener en cuenta que las consultas inadecuadas contribuyen a dilatar las listas de espera, consumen importantes recursos y empeoran la calidad de los servicios hospitalarios. Es evidente que una pequeña inversión en "Educación para la salud" por parte del estado en los centros de enseñanza, las instituciones y los medios de comunicación supondría un enorme ahorro a corto plazo.

Es increíble ver cómo, en plena era de la información, la incultura en temas de salud es enorme. Es obvio que cualquiera podría conocer su organismo si realmente tuviera interés en hacerlo, igual que mucha gente conoce los entresijos semanales de su deporte favorito, las recetas de cocina de su abuela o los secretos de alcoba del mundo del corazón. Pero, a muchos, entender el funcionamiento del organismo y cómo mantenerlo en buenas condiciones no parece importarles. Quizá la culpa sea de las propias autoridades sanitarias o de las empresas farmacéuticas (muchas veces injustamente demonizadas) que en un par de décadas han conseguido que pasemos de ser una sociedad que disponía y usaba remedios caseros para todo, a una sociedad completamente dependiente de la opinión y decisión de un médico. Como casi siempre, lo ideal será conseguir un equilibrio entre estos dos extremos.

La gente lleva ya años abusando de la famosa coletilla “consulte a su médico” y se ha aficionado a consultarlo todo, ya sean nimiedades, normalidades anatómicas o procesos naturales propios de la edad. La solución está en enseñar a la población a distinguir entre lo normal y lo anómalo, entre lo leve y lo preocupante, y por supuesto, en poner en sus manos el conocimiento adecuado para que, cuando sea posible, pueda atajar esas alteraciones no urgentes, no graves, con remedios a su alcance. A su vez, ese mismo conocimiento ayudará a la población a vigilar aquello que realmente sea importante, sirviendo así al propósito del siempre bienvenido diagnóstico precoz de las patologías más severas.

Lo ideal, como siempre, no será tratar lo que ya está alterado en nuestra salud, sino evitar que nuestro organismo llegue a alterarse o, al menos, si ha de alterarse, que lo haga de la manera más lenta que sea posible. Esto es: fomentar la prevención y los hábitos saludables con "Educación para la salud".
Por y para ello inicio este blog.