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domingo, 29 de septiembre de 2013

(2) Estrés laboral, depresión, crisis y sus riesgos para la salud.

De momento no se sabe con certeza si los estresados nacen o se hacen, aunque parece que existe una cierta base genética que provoca que algunos individuos sean más vulnerables a padecerlo que otros. Como ocurre casi siempre, la manera de afrontar el estrés depende de la personalidad de cada uno. Hay personas que toleran mejor las situaciones de presión, porque disponen de mejores recursos psicológicos para afrontarlas, pero también existen seres humanos maestros en el arte de amargar(se) y complicarse la vida. 

Los expertos aseguran que cuando las empresas prescinden de personal, aquéllos que salen corren un riesgo elevado de generar estrés y ansiedad, afectando seriamente a su salud física, no sólo por perder su fuente de ingresos, sino también por ver afectada su autoestima y reducidas sus redes sociales. Sin embargo, cuando la presión en el trabajo llega a ser extrema, son muchos los que llegan a sentir alivio al ser despedidos y quitarse por fin esa carga de encima. Por el contrario, para los que se quedan, pese a haber conservado su puesto, el lugar de trabajo puede convertirse en territorio hostil ya que ven intensificado su trabajo al tener que cubrir los puestos de los que han sido despedidos y a su vez incrementado el estado de miedo y la incertidumbre ante la posibilidad de ser ellos lo que puedan quedarse en paro en un futuro inminente

La manera más rápida de solucionar el problema sería acabar con los factores estresantes pero la mayoría de ellos (el paro, la hipoteca...) no pueden eliminarse. Una vez más, la solución en la que más podremos incidir a nivel individual sería la promoción de unos buenos hábitos saludables. Gran parte de las nefastas consecuencias de los niveles de estrés mantenidos podrían aliviarse con un régimen de vida concreto, dieta sana, ejercicio físico, buena gestión del tiempo libre y también ayudados con diversas terapias (desde la psicológica hasta el yoga, pasando por desconectar el móvil a algunas horas o escuchar una buena música). 

Cada vez más, entre los profesionales de la salud, se extiende la opinión de que la medicación no cura, aunque nadie duda de que pueda ser útil en los casos graves pero el manejo fundamental de la situación debe ser principalmente psicológico. El problema es que el abanico de posibles terapias cognitivo-conductuales es tan amplio que, a veces, lo difícil es seleccionar la terapia adecuada para cada paciente.

En la última década se ha pasado de considerar al estrés como un problema individual de personas débiles que no conseguían lidiar con los problemas laborales, a entender que se trata de un problema colectivo en el que influyen de manera determinante las condiciones objetivas del trabajo. Demandas excesivas, déficit de comunicación, falta de claridad de roles, labores monótonas, horarios poco razonables... son responsables del desgaste psicológico que puede derivar en patologías o en el famoso síndrome del trabajador quemado. 

Cada vez son más las empresas que se han dado cuenta de que controlando ciertos factores de una manera relativamente sencilla y muy barata, funcionarán mejor económicamente y mejorarán también en calidad y condiciones del trabajo. Sin embargo tan sólo el 26% de las empresas de la UE aplica procedimientos para combatir el estrés. 

Es por ello que la mayoría de los profesionales de la salud opinamos que, pese a la crisis, las empresas necesitarían invertir en prevención de riesgos laborales porque es la mejor respuesta para mejorar la competitividad, la productividad, la sostenibilidad y el crecimiento económico.

(1) Estrés laboral, depresión, crisis y sus riesgos para la salud.

La situación de crisis económica ha elevado la incidencia de los riesgos laborales relacionados con el estrés y la depresión. Se estima que más de la mitad de las bajas laborales son debidas a estas causas. Según la Agencia Europea para la Seguridad y Salud en el Trabajo se espera que el estrés laboral aumente en los próximos cinco años. 
Las expectativas económicas de cada país influyen de manera contundente en los resultados. Mientras que el 70% de los españoles cree que el estrés laboral aumentará en los próximos años, en Noruega con una economía menos castigada que tan sólo un 16% es de la misma opinión. Pero a los españoles nos superan los griegos, con un 83% de pesimistas.

Desde el 2009 se han disparado las consultas de salud mental en un 30% y se ha producido un incremento de un 8% en las recetas de antidepresivos. La enfermedad mental aparece, además de por motivos genéticos, cuando se detecta un factor desencadenante ambiental importante, como la pérdida del empleo, la incertidumbre, la amenaza laboral o incluso la pérdida del estatus social.

Aunque el estrés no es algo malo en sí mismo (algo que trataré más adelante en otra entrada), si pasamos largo tiempo con un trabajo excesivo sin obtener resultados satisfactorios, los elementos de alerta naturales que genera el estrés se cronifican, y sitúan a nuestro organismo en una situación muy problemática que afecta a nuestra salud. Se producen una serie de trastornos adaptativos, entre los que se encuentran la angustia, la depresión o la ansiedad, que en ocasiones llegan a descompensar a la persona pudiendo desencadenar una enfermedad mental hasta ahora latente o provocar brotes en aquellos que ya padecían psicosis o esquizofrenia. Ante situaciones de desmoralización, acoso laboral o inseguridad también es frecuente que puedan aparecer más casos de drogodependencia o que se induzcan nuevas adicciones.

El estrés laboral tiene un coste económico elevadísimo y es responsable del repunte de las enfermedades no mentales pero relacionadas con el estrés como la hipertensión, la obesidad, las cefaleas, los dolores musculares, las palpitaciones, la irritabilidad, el abuso de sustancias, el insomnio, los trastornos digestivos, los resfriados continuos, los herpes, las aftas bucales, las alteraciones de la piel, la caída del cabello, las úlceras, las cardiopatías, etc., todo ello efecto secundario de ese estrés crónico.

Actitud ante una crisis

Nuestra vida normalmente se compone de momentos buenos y momentos malos, a los que desacertadamente solemos llamar “crisis”. Esta temida palabra se define en nuestro idioma como el “cambio importante en el desarrollo de un proceso que da lugar a una inestabilidad” (qué miedo da, ¿no?). Sin embargo, en términos médicos la crisis se define como “el momento crítico en el que una enfermedad empeora o mejora”. Es decir, se trata de un punto en el que puede llegar a producirse la inflexión de un proceso, por lo que, sabiendo actuar a tiempo, la tan temida crisis puede convertirse en una oportunidad de sanación. 


La crisis económica nos agobia, igual que la crisis de los 30, la crisis de los 40, la crisis de los 50, la del nido vacío, la perimenopáusica, la crisis de identidad, la de pareja… elige la que quieras porque en realidad todas son “sota, caballo y rey”. Si estás sufriendo cualquiera de ellas piensa primero que no eres ni el primero ni el único que la sufre (digan lo que digan, aquello de “mal de muchos consuelo de tontos” a veces ayuda a sentirse mejor), pero una vez pasados los lamentos debes empezar a pensar en cómo aprovechar la situación y salir reforzado de ella. Para llegar a la crisis has debido recorrer un largo camino en el que quizás habrás tomado malas decisiones. ¿Reconoces los problemas? ¿Estás dispuesto a hacer algo para cambiar? ¿Qué propones? ¿Hay algo que siempre quisiste hacer? (quizá este sea el momento). 

En definitiva, lo que una persona en crisis debe hacer es reflexionar de una manera crítica pero sin buscar culpables contra los que desahogarse (eso no soluciona nada) y mantener una actitud positiva y constructiva ante los acontecimientos.
No es fácil, recuerda que te encuentras librando una batalla, pero el arma más potente que debes manejar es la "fuerza de voluntad". Ahí está la clave para cambiar un hábito, conseguir un objetivo o superar una etapa de crisis.
Próximamente dedicaré una entrada a este punto.