De momento no se sabe con certeza
si los estresados nacen o se hacen, aunque parece que existe una cierta
base genética que provoca que algunos individuos sean más vulnerables a
padecerlo que otros. Como ocurre casi siempre, la manera de afrontar el estrés
depende de la personalidad de cada uno. Hay personas que toleran mejor las
situaciones de presión, porque disponen de mejores recursos psicológicos para
afrontarlas, pero también existen seres humanos maestros en el arte de amargar(se) y complicarse la vida.
Los expertos aseguran que cuando las empresas prescinden de personal, aquéllos que salen corren un riesgo elevado de generar estrés y ansiedad, afectando seriamente a su salud física, no sólo por perder su fuente de ingresos, sino también por ver afectada su autoestima y reducidas sus redes sociales. Sin embargo, cuando la presión en el trabajo llega a ser extrema, son muchos los que llegan a sentir alivio al ser despedidos y quitarse por fin esa carga de encima. Por el contrario, para los que se quedan, pese a haber conservado su puesto, el lugar de trabajo puede convertirse en territorio hostil ya que ven intensificado su trabajo al tener que cubrir los puestos de los que han sido despedidos y a su vez incrementado el estado de miedo y la incertidumbre ante la posibilidad de ser ellos lo que puedan quedarse en paro en un futuro inminente
La manera más rápida de solucionar el problema sería
acabar con los factores estresantes pero la mayoría de ellos (el paro, la hipoteca...) no pueden eliminarse. Una vez más, la solución en la que más podremos incidir a nivel individual sería la promoción de unos buenos hábitos saludables. Gran parte de las nefastas consecuencias de los niveles de estrés mantenidos podrían aliviarse con un
régimen de vida concreto, dieta sana, ejercicio físico, buena gestión del
tiempo libre y también ayudados con diversas terapias (desde la psicológica hasta el yoga, pasando
por desconectar el móvil a algunas horas o escuchar una buena música).
Cada vez más, entre los profesionales de la
salud, se extiende la opinión de que la medicación no cura, aunque nadie duda
de que pueda ser útil en los casos graves pero el manejo fundamental de la situación debe ser principalmente psicológico. El problema es que el abanico de posibles terapias
cognitivo-conductuales es tan amplio que, a veces, lo difícil es seleccionar la
terapia adecuada para cada paciente.
En la última década se ha pasado de considerar al estrés como un problema
individual de personas débiles que no conseguían lidiar con los problemas laborales,
a entender que se trata de un problema colectivo en el que influyen de manera
determinante las condiciones objetivas del trabajo. Demandas excesivas, déficit
de comunicación, falta de claridad de roles, labores monótonas, horarios poco
razonables... son responsables del desgaste psicológico que puede derivar en
patologías o en el famoso síndrome del trabajador quemado.
Cada vez son más las
empresas que se han dado cuenta de que controlando ciertos factores de una
manera relativamente sencilla y muy barata, funcionarán mejor económicamente y
mejorarán también en calidad y condiciones del trabajo. Sin embargo tan sólo el
26% de las empresas de la UE aplica procedimientos para combatir el estrés.
Es
por ello que la mayoría de los profesionales de la salud opinamos que,
pese a la crisis, las empresas necesitarían invertir en prevención de riesgos
laborales porque es la mejor respuesta para mejorar la competitividad, la
productividad, la sostenibilidad y el crecimiento económico.
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